Cambio y transformación en empresas digitales y tradicionales


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Esteve Almirall

Profesor del Departamento de Operaciones, Innovación y Data Sciences en ESADE Business School


Cuando observamos las empresas de la nueva economía hay un aspecto que nos llama inmediatamente la atención: la enorme disparidad en el número de empleados entre estas y las tradicionales. En efecto, cuando WhatsApp fue comprada por Facebook por 16 billones de dólares, tenía apenas treinta y dos empleados, aunque contaba con más de cuatrocientos cincuenta millones de usuarios y con un incontable número de mensajes diarios. Incluso empresas más tradicionales, que gestionan elementos físicos como, por ejemplo, apartamentos, en el caso de Airbnb, cuentan con apenas cinco mil colaboradores. Pero alguien pensará que esta es una característica propia de las plataformas y no propia de las plataformas y no afecta a fabricantes más tradicionales, como los del sector del automóvil. Nada más lejos de la realidad: un solo vistazo a las fábricas más modernas, como la de Audi en Ingolstadt, revela que nuestra concepción de industrias basadas en un proceso de producción en cadena y con mucha gente realizando tareas repetitivas es algo que pertenece más al pasado que al futuro. El ensamblaje modular va a jubilar a la línea de montaje. Es el coche el que se traslada, montado sobre una plataforma de transporte, de un punto a otro. Y allí, en cada módulo, recibe la configuración que le corresponde. Los elementos de tamaño reducido se transportan con drones, que, al no ocupar un espacio en superficie, permiten un transporte simultáneo. Algunas piezas se imprimen con impresoras 3D, facilitando la creación de diseños complejos de menor peso y sin ensamblado. No se trata solo de una estructura más eficiente, sino también más versátil.

Podríamos pensar que esta transformación se circunscribe a los sectores donde la diversidad prima sobre la productividad y que, en series muy largas, la cadena de montaje con trabajadores aún es la mejor opción. Aquí, simplemente hay que recordar la masiva incorporación de robots que Foxcom está introduciendo en el montaje de los iPhone, un producto con muy poca diversidad. Por un lado, este relato nos habla de cambio y de transformación. Las empresas, ya sean digitales –en forma de plataformas– o productivas, se encuentran en un proceso acelerado de incorporación tecnológica. Esta es, sin embargo, una transformación que inmediatamente desata los temores propios de la visión de fábricas completamente automatizadas, donde los trabajadores tienen tareas más de control, supervisión y programación que de producción. De ahí las enormes implicaciones en el empleo que se derivan.

Ciertamente, desde la Revolución Industrial, hemos asistido a un proceso donde la tecnología ha ido sustituyendo al trabajo. Al principio, esta sustitución se podía describir como un multiplicador, ya que las máquinas permitían multiplicar el esfuerzo humano por un factor creciente. Sin embargo, la nueva realidad escapa a esta descripción –o bien requiere una interpretación muy forzada–. Ahora, las funciones antes realizadas por personas se trasladan al software, en el caso de productos digitales o semidigitales, o a un ejército de robots y drones, en el caso de productos físicos. Este proceso de sustitución tiene implicaciones notables no solo en el empleo, sino también en la escalabilidad del proceso y, especialmente, en el coste marginal. Un coste marginal que se reduce a prácticamente cero en los productos completamente digitales y que sigue una reducción acorde con el avance de la tecnología en el resto. Estos últimos aspectos de costes marginales nulos y total escalabilidad van a tener un impacto en la estructura de los mercados tan notable como el que todos anticipamos en el empleo.

Artículo cedido por Harvard Deusto

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