Vaya metedura de pata…


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Juanma Romero

18 de diciembre 2015


Basta que lleves años haciendo algo y creas que lo dominas, para que se produzca cualquier imprevisto y te des cuenta de que eso del dominio era pura ilusión. Un baño de humildad no viene nunca mal.

Voy a contarte algo que me pasó hace dos semanas, patético. Y te lo cuento porque si yo soy de los que pregonan que hay que ser humildes, eso se hace con el ejemplo; y qué mejor ejemplo que reconocer nuestros errores para que no se repitan.

Hace unos días me invitaron a presentar una entrega de premios. Estaba lo más florido del capital de Madrid, del capital y de la capital, empresarios, banqueros, emprendedores, periodistas y un ministro. Lo cierto es que yo iba algo incómodo porque llevaba más de una semana con gripe. La garganta la tenía bastante mal. Previamente por la mañana me acerqué a una tienda que hay en el centro de la ciudad para comprar unos caramelos de miel. Me recomendaron que, en vez de caramelos, mejor utilizase un aerosol que me vendieron en la misma tienda. Así lo hice.

Lo cierto es que no dejaba muy buen sabor de boca el dichoso aerosol, pero lo importante era que la garganta mejorarse. Me habían recomendado que lo utilizase dos o tres veces a lo largo del día, pero yo, en mi inmensa sabiduría, decidí usarlo en una veintena de ocasiones en menos de ocho horas.

Llegué al acto con tiempo de sobra para ensayar y repasar el guión. Todo estaba correcto. A las ocho en punto llegó el ministro que presidía el evento y empezamos. Bueno empecé yo, a leer el texto que tenía preparado.

No habían pasado ni veinte segundos cuando la lengua se me pegó al paladar. Prácticamente no se me entendía a pesar de los grandes esfuerzos que hice para despegarme la lengua abriendo más la boca y Dios sabe cuántas cosas más. El texto era de unos dos minutos, que me resultaron interminables. Todo un suplicio. En cuanto di paso a la primera persona que tenía que intervenir me retiré y bebí agua, toda la que pude ingerir. La situación mejoró sustancialmente, aunque cuando terminé el acto no salí nada satisfecho.

Mientras hablaba la primera de las personas que tenían que intervenir repase lo que había ocurrido durante el día y le eché la culpa al maldito aerosol. Aunque el culpable último era yo por pasarme con la dosis.

Di paso al siguiente que tenía que intervenir y, detrás del escenario, seguí bebiendo agua y echando la culpa al maldito aerosol. Pero resulta que el aerosol no tenía la culpa. Era toda mía.

A mediodía había comido con dos amigos. Magnífica comida, y excelente filete regado de sal. Cuando caí en la cuenta me daban ganas de darme de cabezazos contra la pared, pero no era el momento adecuado porque la sala estaba llena de gente. La culpa no la tenía el aerosol, la tenía yo. ¡Cómo es posible que después de tantos años no hubiese tenido la precaución de no tomar nada salado horas antes de hablar en público! Muy sencillo, por exceso de confianza. Un exceso de confianza que no se repetirá nunca, y que puede hacer que pierdas precisamente eso, la confianza en ti mismo.

Está claro que no volverá a ocurrir. Se acabó el filete con sal 24 horas antes de hablar en público. Esto me pasó por listo, por pensar que lo tenía todo controlado y no caer en la cuenta de que la sal es como el Loctite, que te pega la lengua al paladar y no hay quien los despegue. Está claro que esto no se va repetir, pero pasó.

Como te puedes imaginar me disgusté un montón, y salí cabreado del acto. Pero disgusto y cabreo no me duraron más de diez minutos porque no había sido tan grave y, además, había recibido una buena lección que nunca viene mal.

No me había pasado lo peor que podría haber ocurrido. Lo pero habría sido morirme, algo que no estaba en mis planes. Todo lo demás, como la vida misma, es relativo, pero que no se repita.

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